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viernes, 10 de mayo de 2013

Una educación para la transformación personal y social - Claudio Naranjo



El tema  ya ha sido anunciado y es prácticamente una tesis: ya es hora de que tengamos una educación para el desenvolvimiento humano. Conlleva también la convicción implícita de que, sin una educación para el desenvolvimiento humano, difícilmente llegaremos a tener una mejor sociedad.

Ya hemos vivido una historia muy larga de nobles propuestas y encarnizadas revoluciones por el cambio social que descuidaban el cambio individual y pareciera que ya es hora de que entendamos que, si queremos una sociedad diferente, necesitaremos de seres humanos más completos: no se puede construir algo de tal naturaleza sin los bloques elementales apropiados.

            Es éste un tema que me viene interesando desde muchos años y en el que comencé a involucrarme cuando empecé a intuir el valor político  de la educación del individuo.

(Por supuesto digo “político”en el gran sentido de la palabra, alusivo al bien público y no al maquiavelismo de la política de poder). Pensaba entonces que la comprensión del potencial de la educación para la evolución social sería una cosa muy fácil de trasmitir a personas receptivas en el sistema educacional, que a su vez podrían hacer lo necesario para que la educación se torne más relevante al cambio. Pero ya llevo unos 15 años dándome cuenta que sucede algo muy extraño en la educación: se trata de una institución muy bien intencionada,  un gremio en el que en cada país se habla continuamente de reformas posibles y particularmente de currículos complementarios o alternativos; se celebran conferencias, se invierte mucho dinero – y no cambia nada fundamental, pues domina una gran inercia institucional.

            Y a mí esto me parece trágico, como también me parece trágico que entre todos los males del mundo, éste  sea uno  casi invisible.

Pienso que el desarrollo humano sea fundamental, no sólo en vista de una sociedad viable sino en vista de la felicidad del individuo, pues no creo que estemos en este mundo simplemente para sobrevivir y pienso que más nos convendría pensar en nuestro planeta como en una especie de purgatorio al que hemos llegado para hacer un trabajo interior: para cultivar nuestro espíritu y salir mejor de como llegamos.

Hasta un materialista empedernido o un agnóstico doctrinario puede reconocer que “no sólo de pan vive el hombre”. Pero ¿cómo es posible que tras milenios de reflexión acerca del destino humano, de la felicidad que trae la virtud y de la perfectibilidad de nuestra condición, exista en el mundo civilizado una institución que se llama  “educacional” y que no se ocupe más que de cosas relativamente insignificantes? Pues es claro que en lugar de ocuparse de ayudar a las personas a ser buenas personas para que así tengamos un buen mundo, se dedica a enseñar materias que, se supone, van a servirnos en nuestra vida de trabajo; o que, se supone, van a servir para la educación de nuestra mente, pero ni siquiera sirven de gran cosa en la preparación de los estudiantes para una futura vida de servicio; sirven sólo para la educación de ciertos aspectos de la  mente, en detrimento de otros. Más que nada, la educación actual sirve para pasar exámenes y así lograr un lugar privilegiado en el mercado de trabajo, por lo que es exacto decir que el órgano social al que correspondería velar por el desarrollo humano se ocupa de irrelevancias, olvidado de su función-—y esto sucede justo cuando se ha tornado sumamente urgente el desarrollo humano en el estado actual del mundo.